Callejero

En mis manos está el libro LAS CALLES DE MÁLAGA. De su historia y ambiente, de Francisco Bejarano, una joya con la que me gustaría ir presentando las plazas, vías y avenidas más conocidas y con más solera de la ciudad.

Empiezo por su importancia y localización por la acera y plaza de la Marina.

 

ACERA Y PLAZA DE LA MARINA

Un mismo ámbito urbano, tradicionalmente conocido como Marina, hizo famosas la plaza y acera del mismo nombre. Ambas nacieron en los primeros años del siglo XIX, cuando fueron demolidas las murallas musulmanas del paño sur malagueño que, si bien acabaron con los airosos arcos que lo decoraban, abrieron la ciudad a la mar que rompía a sus pies.

Cuando en 1845 Pascual Madoz logró reunir los datos históricos, estadísticos, censales, toponímicos y económicos de nuestra ciudad y provincia dando a la imprenta el volumen «Málaga» de su Diccionario Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, del Distrito I de la ciudad, decía: «… principia en la plazuela de los pasillos de Puerta Nueva, estribo izquierdo del puente, pasillo de Atocha y Alameda de los Tristes (actual Alameda de Colón); continúa por el Espigón a las playas de Pescadería, Muelle Nuevo o Embarcadero, Cortina del Muelle, Muelle Viejo, La Malagueta y paseo de Reding; vuelve a la Alcazaba y Aduana Nueva y se dirige por la calle del Cister, la de Santa María, plaza de la Constitución, calle de San Sebastián o de la Compañía, hasta dicha plazuela de Puerta Nueva».
Como observa el lector, no hay ninguna alusión a la plaza ni tampoco a la Acera de la Marina. La razón de la aparente omisión de tan señaladas localizaciones urbanas está en que, para dicho año, tanto una como otra formaban parte de un conjunto de construcciones no demasiado meritorias, que, diseminadas en cinco isletas separadas entre sí por ocho callejas angostas, ocupaban lo que se designaba popularmente como Explanada del Puerto, más tarde plaza de Augusto Suárez de Figueroa y, a partir de la demolición de dichas viviendas, plaza de la Marina, de Queipo de Llano y de nuevo de la Marina.
Francisco Bejarano Robles, al documentar la historia de este entrañable ámbito urbano, situado frente a la entrada principal del puerto y entre las actuales calles Sancha de Lara y Molina Lario, dice de todo él que correspondía casi exactamente a parte del paño de la antigua muralla árabe que discurría desde la Puerta de Espartería hacia la de los Siete Arcos, y agrega: «La primera de éstas se abría en lo que hoy es entrada a las calles San Juan de Dios y Sancha de Lara, y la segunda, hacia el comienzo de la calle Ancla. En dicho lugar se encontraba el famosísimo Castil de Ginoveses, fortaleza, factoría y barrio propio de los mercaderes de aquella república italiana, que quizá lo establecieran durante la dominación árabe, y que después de la Reconquista continuaron aquí ejerciendo el comercio con ciertos privilegios, pasando aquella fortaleza a depender del alcaide de la Alcazaba».
Fue durante siglos, pues, explanada que permitió a la ciudad extenderse hacia el mar como un pequeño apéndice urbano extramuros gracias a la existencia del recinto fortificado del Castil, brillantemente descrito por Hernando del Pulgar cuando los Reyes Católicos pusieron cerco a la Málaga musulmana en el mes de mayo de 1487 hasta su rendición en agosto del mismo año.
Pero la que hoy llamamos plaza de la Marina, con sus antiguos e intrincados grupos de construcciones irregularmente dispuestos a su ancho y largo, tuvo un uso eminentemente portuario. Fue en realidad gran auxiliar de nuestro puerto, pues al carecer de vallado y al estar situado su principal embarcadero muy dentro de la propia urbe las faenas de embarque de nuestros productos tradicionales (vinos, pasas, almendras, cítricos, salazones, cordelería, encurtidos y otras manufacturas industriales y artesanas) se realizaban prácticamente en ella.
La línea divisoria entre el mar y la ciudad tras la antigua muralla era el propio rebalaje, toda vez que la playa que se extendía por delante de la Puerta del Mar se estrechaba en este lugar y permitía un uso portuario constante. La Acera de la Marina, tal como la podemos contemplar en los viejos grabados de los siglos XVII al XIX, comenzó a diseñarse de forma espontánea y sin previa intención estética ni arquitectónica a partir de 1725, año en que se constata creciente deterioro de la muralla, lo que produce el progresivo derrumbamiento de parte de ella.
Sobre esta circunstancia tomo nuevo apunte de Bejarano Robles:
«Arruinada la muralla y terminada de derrocar en sus trozos más resistentes, a comienzos de la centuria siguiente (siglo XIX) se iniciaron las construcciones particulares aprovechando los cimientos y materiales de los antiguos muros, y bien pronto quedó constituida esta vía que, por su especial anchura, con casas solamente a un lado y por su proximidad a la playa y puerto, fue bautizada con el nombre de Acera de la Marina. Esta calle es, por tanto, coetánea de la Alameda, de la época del sombrero de copa, la levita entallada y el ampuloso miriñaque; y, en principio, tuvo su empaque señorial y opulento».

TEODORO REDING. En efecto, la Acera de la Marina nació a impulsos de la propia Alameda Principal, cuando el mariscal de campo Teodoro Reding decidió en 1806 relanzar los viejos proyectos y órdenes reales relativos a la demolición de las murallas árabes en cuyos terrenos resultantes, una vez adjudicados a las principales familias del dinero, el comercio y la industria locales, se autorizaría la construcción de numerosos palacios y casas, algunos de los cuales todavía existen.
Si es cierto que cada calle, plaza o enclave ciudadano consiguen por su uso su propio ambiente y personalidad característicos respecto a otros más o menos próximos, no cabe la menor duda que tanto la Acera como la plaza de la Marina, dadas sus directas relaciones con el puerto, alcanzan desde sus definiciones como plaza y calle, respectivamente, un color y un pulso que los hacen exclusivos.
Vuelvo a Bejarano:

«Entrada obligada a nuestra ciudad por el puerto, fue esta calle, desde sus orígenes, bulliciosa y cosmopolita, participando del ajetreo mercantil del muelle inmediato con sus faenas de cargas y descargas y su afluencia de negociantes, oficinistas, armadores, consignatarios, arrumbadores y carreros y demás personal que participaba en los trabajos del puerto o acudía a los despachos, agencias y almacenes próximos, o a los inmediatos edificios donde se hallaban establecidos el Resguardo de Rentas Generales, que ocupaba el edificio que se llamó de la Parra, y la Administración de las Salinas del Reino, que estaba al comienzo de la Alameda, esquina a calle de los Carros, y que, posteriormente, sirvió para instalar la Aduana del puerto».
Existe una variada iconografía urbana, desde los grabados obtenidos del directo por Francis Carter en los decenios finales del siglo XVIII hasta las primeras fotografías del último tercio del XIX, que revelan con minuciosidad y detalle el ambiente de la plaza y de la calle desde la Alameda hacia el Boquete del Muelle. En estos materiales gráficos queda documentada la Málaga que ya dispone de plaza y Acera de la Marina.
En efecto, a la no intencionada belleza y sobriedad de las edificaciones que formaban calle y cornisa, según fuera la Acera de la Marina o la llamada Cortina del Muelle, respectivamente, teniendo delante de lo que es hoy la esquina del Málaga Palacio uno de los embarcaderos sobre pequeña y recoleta playa donde varaban jábegas y embarcaciones a vela, todo el sector reflejaba el activo pulso de la vida marinera.
Sobre la plaza levantábanse improvisados tinglados para la custodia de mercancías y se veían por todas partes, diseminados de forma irregular, bocoyes y pipas para la exportación de nuestros famosos caldos vinateros, pirámides de cajas de pasas dispuestas para viajar a otros países y murallas de envases de licorería a la espera de pasar a las oscuras bodegas de los mercantes. Por el lado occidental de la misma plaza, en el arranque de la actual avenida de Manuel Agustín Heredia, la zona portuaria era absolutamente abierta. Los barcos de escaso calaje amarraban prácticamente dentro de la ciudad, toda vez que el muelle penetraba hacia la citada esquina formando un no desdeñable fondeadero.
Por el territorio intermedio entre la marina y las edificaciones pululaban marineros de todas las latitudes, propietarios y representantes de no pocas casas comerciales extranjeras que en la zona tenían instalados escritorios y oficinas. Igualmente, las representaciones consulares, que tan importante papel desempeñaban con las autoridades locales y grupos gremiales a la hora de fijar los precios de las pasas y otros productos, también tenían sus oficinas en el mismo ámbito o sus proximidades. Y estaban los fornidos hombres de la colla portuaria, arrumbadores y braceros, cargando y descargando mercancías. Carros y bateas eran los medios de transporte utilizados, tanto para arrimar como para retirar la carga, correspondiendo a dichos vehículos un papel protagonista en las tareas de servicio del activo puerto comercial malagueño de los citados decenios.

DE CULTURAS. Tomo una nueva reflexión de don Francisco Bejarano:
«Esta Acera, desde su nacimiento, vio pasar marinos de todos los mares y a gentes de todos los países, desde el rubio noruego al negro africano y desde el malayo al inglés, teniendo para todos la misma acogedora simpatía y brindando a uno y otros, sin distinción de raza ni color, el amable refugio de sus tabernas y cafés con el consabido y famoso vino de la tierra; esta calle oyó desde un principio hablar las jergas e idiomas más diversos y escuchó las más variadas canciones cuando el ‘moscatel’, el ‘lágrima’ o el ‘Pero Ximén’ hacían sus efectos en las firmes cabezas extranjeras, inconmovibles, tal vez, ante la tempestad; pero incapaces de resistir el dulce fuego de los caldos malagueños».
A partir de los decenios finales del siglo XVIII puede decirse que comienza a ser realidad, en principio de forma larvaria y tímida y más tarde de manera decidida, el definitivo ensamblaje de la urbe con el puerto, o al revés, y esta evidencia se traduce en proyectos portuarios que se activan pese a las dificultades económicas de cada momento.
Mas esta íntima relación no tiene únicamente efectos mercantiles. En el trasiego de gentes que van y vienen, muchos de quienes llegan por una temporada acaban echando raíces entre nosotros y crean, más tarde, sus propias industrias o entidades mercantiles, y malagueñizándose los unos y las otras; Málaga actúa como crisol que funde la cultura foránea con la vernácula y decanta, en favor de todos, un sedimento más universalista —por tanto menos provinciano— del propio ambiente general de la ciudad.
Del rebalaje a la zona de influencia portuaria surgida con la plaza y Acera de la Marina, y en el dédalo de callejas estrechas y sinuosas que perteneciendo al tejido urbano de la ciudad musulmana intramuros le quedó a la espalda, nació toda una suerte de relaciones humanas, mercantiles, comerciales y aun afectivas. Allí, en los ambientes taberneros y posadas marineras, se dice que nació nuestra voz «merdellón» o «merdellona», de «merde» o mierda en francés, que, todavía en uso y aplicado en principio al criado o criada que sirve la mesa con desaliño, sigue en nuestra ciudad designando a la persona que física e interiormente desagrada por sus modales, formas de hablar y maneras de defender sus puntos de vista.

 

Otro clásico de la historiografía malagueña, el canónigo Medina Conde, al documentar las distintas puertas que Málaga tuvo y tenía hasta el año 1790 en sus viejas murallas árabes —tanto abiertas como cegadas en el año de su estudio— las designa una a una por su propio nombre, asegurando que eran 30 las existentes. Acerca de las más próximas a la plaza y Acera de la Marina, el paciente documentalista dejó escrito:

«La diez y once (se refiere a dos de ellas que se hallaban próximas a las actuales calles Sancha de Lara y Molina Lario) eran las de Espartería y la del Valuarte de la Nave, que estaban inmediatas una de otra. Delante de ellas estaban la Lonja, y Plaza de Armas que tenía la Ciudad para resguardo del muelle y puerto, situado aquí en lo antiguo, y aun en el siglo pasado. Viendo amenazada ruina la de Espartería, que estaba en el muro de su nombre, mandó la Ciudad en Cabildo de 17 de Marzo de 1654 se cerrase ésta, y quedase la del Valuarte bien fortificada, poniéndole otra enfrente, como se ve ahí. Desde entonces quedaron con ésta los dos nombre de Valuarte de que subsisten los dos torreones de él, y de Espartería, que es el más común; también la Cruz, por una que le puso el Corregidor Carrillo, cuando la reedificó en 1675 y le puso puertas nuevas».
Y ofrecía otro dato:
«En la tribuna que está por la parte de adentro se venera la imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso, que en 1640 colocó el célebre Abogado D. Alexandro de Montoya». También informó de una inscripción cercana a las puertas de referencia: «Reinando la Católica Majestad de D. Carlos II, reedificaron estas murallas desde el Torreón a la Puerta del Mar, y se hizo el parapeto y puertas de Espartería, siendo Gobernador de esta Ciudad D. Fernando Carrillo y Manuel, Comendador de Almendralejo, Orden de Santiago, y Adelantado mayor de Andalucía, D. Pedro Muñiz de Godoy, Gentil Hombre de la Cámara de S. M., Marqués de Villafiel, Conde de Alva de Tajo, del Consejo de Guerra, año de 1674».

INESPERADO ADORNO. Como consecuencia de las obras de construcción de calle Larios, y con el fin de acomodar al nuevo atirantado la plaza de la Constitución, se mandó desmontar la fuente de las Tres Gracias, diseño y construcción del francés Durenne en su fundición de Sommevoire, y se traslada al espacio que ya para entonces quedó libre delante del puerto al crearse el Parque en 1896. Por tanto, al iniciarse el siglo XX la plaza de la Marina ya tiene en su centro la bellísima fuente en su segunda ubicación. Ello hace que la gran explanada, desde el punto de vista urbano y de uso, alcance un desarrollo posterior distinto. Ya no se utilizará como solar auxiliar del puerto en las tareas de carga, descarga y almacenamiento, puesto que en el interior del perímetro portuario ya existe espacio suficiente para ello, además del primer tinglado cubierto.

La fuente fue instalada a mayor nivel del piso, de manera que su albercón quedara a suficiente altura para ser contemplado desde cualquier lugar de la plaza. Rodeada de su clásica verja pintada de verde oscuro, a partir de ella se extendía en círculo y a ras del adoquinado un bien cuidado parterre en el que los jardineros municipales de la época pusieron arte y gracia al diseñarlo, cuidarlo y mantenerlo hasta que el Ayuntamiento, de nuevo, acordó trasladarlo de manera definitiva al lugar donde hoy se encuentra, frente al Hospital Noble.
Todo expedito, la plaza tenía en su esquina occidental el viejo cuartel de carabineros La Parra, resto del antiquísimo Resguardo de las Rentas Generales, que allí existió hasta el año 1780. A su espalda, la calle de los Carros, en parte surgida de la demolición del edificio que albergó la Administración de las Salinas, permitió establecer en ella (de ahí su título) una parada de carros y bateas al servicio permanente y exclusivo de las operaciones portuarias.
Al llegar 1900 era todavía peatonal la Alameda —según estudiaremos en la correspondiente entrega— y la nueva plaza estaba limitada al oeste por el obelisco al II marqués de Larios; al este, por los jardines del Parque; al sur, por la entrada principal del puerto, y al norte, por un frente de edificaciones en cuyo extremo occidental destacaba, por su actividad constante, el célebre Café de la Marina, durante decenios centro de reunión no sólo de desocupados sino de tratantes, comerciantes y marineros.

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